Relatos de mis alumnos
Segunda oportunidad
Ramón Martínez
El salto había sido un éxito. Tres años de intenso trabajo habían llegado a su fin. Miró a su alrededor. La luz que entraba por el ventanuco le bastó para comprobar que todo estaba tal y como lo recordaba. «Perfecto», pensó satisfecho.
El profesor salió del vehículo y se encaminó hacia la puerta del sótano, encendió la luz de la escalera y subió por ella intentando no hacer ruido. No quería asustar al dueño de la vivienda, aunque la sorpresa no se la iba a quitar nadie.
Despacio, se dirigió a la cocina donde sabía que en ese momento el “otro hombre” se encontraba preparándose un café. Efectivamente, ahí estaba, manipulando la cafetera. Sonrió y carraspeó para llamar su atención. Este se dio la vuelta enseguida y se quedó parado, con la taza en la mano, la boca abierta y totalmente incapaz de reaccionar.
-Buenos días, ¿Molesto? –preguntó el profesor divertido al ver la expresión del “otro” hombre.
-Pero –acertó al fin a decir-. Pero… ¿Qué? Tú… yo… ¡Dios! No lo puedo creer. Funciona…
-Así es –respondió el profesor-, funciona perfectamente. A pesar de todas las dudas, funciona.
-Vaya, nunca pensé… pero, ¿Cuánto tiempo?
-Tres años, tres largos años de duro trabajo. Pero ya no dudes más, como puedes comprobar va a ser todo un éxito.
-Ya lo veo, ya –el “otro hombre” sonrió al fin, repuesto ya de la sorpresa inicial -¿Dónde has dejado la máquina? ¿En el sótano?
-Correcto. Y no, es mejor que no bajes a verla. Ya sabes por qué.
-Ya, lo entiendo. Pero no comprendo por qué has venido aquí y ahora.
-¿No lo adivinas? –preguntó el profesor, poniéndose serio de repente-. Hoy tienes una cita muy importante. No me he equivocado de día, ¿Verdad?
-Hoy, Raquel… sí. Hemos quedado a comer. ¿Por qué? ¿Qué va a pasar? Sale mal, ¿Verdad? Pues claro. Si no, no estarías aquí.
-¿Mal? Peor que mal. Te va a dar miedo y no te vas a atrever a entrar en el restaurante. Sí, no me mires con esa cara. Y ella se quedará sola, llorando. Y al final se marchará, se irá de la ciudad y nunca más volverás a verla. Eso es lo que va a pasar. Y te vas a arrepentir, te vas a arrepentir mucho. Créeme, yo llevo tres años arrepintiéndome.
-Yo… es que estoy muy nervioso. La quiero, la quiero mucho. ¿Qué puedo hacer?
-Tranquilo –dijo el profesor volviendo a sonreír-, a mí no tienes que darme explicaciones. Y ahora escúchame bien, lo único que tienes que hacer es entrar ahí y, en cuanto la veas, te acercas a ella, la abrazas fuertemente y le das un beso. A partir de ahí todo volverá a fluir entre vosotros.
-¿Estás seguro? Bueno, qué narices… claro que estás seguro. Pero aún así…
-No te preocupes, yo te voy a acompañar. Entrarás ahí. Y si no lo haces tú, entraré yo, tú eliges. Venga, ponte la chaqueta y salgamos ya, no vaya a ser que después de todo lleguemos tarde.
Los dos hombres sonrieron a la vez y salieron de la casa. Dos hombres exactamente iguales. Y esta vez uno de los dos iba a volver a casa acompañado por una hermosa mujer.